Cuando el reloj llegue a cero

La última noche del año siempre me ha dado miedo.
No por el ruido, ni por las uvas, ni por los fuegos artificiales.
Sino por el silencio justo antes.

Cada 31 de diciembre, a las 23:59, el reloj de la pared se detiene.
No falla, no se atrasa, no adelanta:
se queda quieto.
El segundero congelado, apuntándome como si esperara una señal.

Y, durante ese minuto muerto, escucho voces detrás de mí.
No son recuerdos.
No son pensamientos.
Son versiones mías que no deberían existir.

Versiones que no tomaron mis decisiones.
Que siguieron otros caminos.
Que no llegaron a este año.

Me hablan bajito, casi con envidia.
Me dicen que este 31 no debería ser mío.
Que ya me tocaba cederles el sitio.

Cuando el reloj vuelve a moverse,
las voces se callan.
Pero este año han dicho algo distinto, en un murmullo seco:

—A las doce… cambiamos.

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