Ilustración minimalista de un reloj marcando las doce en punto sobre fondo negro, estilo Umbral Cero.

Cuando el reloj llegue a cero

La última noche del año siempre me ha dado miedo.
No por el ruido, ni por las uvas, ni por los fuegos artificiales.
Sino por el silencio justo antes.

Cada 31 de diciembre, a las 23:59, el reloj de la pared se detiene.
No falla, no se atrasa, no adelanta:
se queda quieto.
El segundero congelado, apuntándome como si esperara una señal.

Y, durante ese minuto muerto, escucho voces detrás de mí.
No son recuerdos.
No son pensamientos.
Son versiones mías que no deberían existir.

Versiones que no tomaron mis decisiones.
Que siguieron otros caminos.
Que no llegaron a este año.

Me hablan bajito, casi con envidia.
Me dicen que este 31 no debería ser mío.
Que ya me tocaba cederles el sitio.

Cuando el reloj vuelve a moverse,
las voces se callan.
Pero este año han dicho algo distinto, en un murmullo seco:

—A las doce… cambiamos.

Símbolo blanco de onda distorsionada trazada a mano sobre fondo negro texturizado, representando el eco que no coincide con la voz del protagonista en el micro-relato El Eco Incorrecto.

El eco incorrecto

Estaba hablando por teléfono cuando escuché mi propia risa… un segundo después de reírme.
Pensé que era la conexión.
Pensé que era un retardo.

Pero entonces dejé de reír.
Y el eco siguió riendo.
Unos segundos más.

Hasta que bajó el tono.
Hasta que dejó de sonar humano.
Hasta que dijo algo que yo no había dicho.

“Ahora sí me escuchas”.

Punto de luz blanca flotando en la oscuridad, imagen atmosférica del micro-relato Lo Que No Parpadea en Umbral Cero.

Lo que no parpadea

Cuando apago la luz, todo desaparece menos una cosa:
ese punto blanco que queda flotando en la oscuridad.
No es un reflejo, ni una pantalla, ni el led de nada.
A veces lo veo moverse.
A veces lo veo acercarse.
A veces lo veo más cerca de lo que recordaba.

Hoy, cuando he encendido la luz, no había nada.
Pero el punto seguía ahí.
En mi retina.
Mirándome desde dentro.