Dibujo minimalista de un calcetín navideño colgado sobre fondo negro, ilustración estilo Umbral Cero.

El que sigue colgando — Descenso Nº2

El calcetín apareció la primera vez cuando tenía seis años.
Rojo, gastado, con mi nombre bordado torcido en hilo blanco.
Mi madre decía que lo había hecho ella cuando yo era pequeño, pero nunca la creí del todo. Tenía algo… ajeno. Como si no hubiera sido bordado, sino impuesto.

Durante años formó parte de la tradición navideña de la casa: colgarlo la noche del 24, esperar que apareciera lleno la mañana del 25, fingir sorpresa.
De niño lo celebraba.
De adolescente me harté.
Y a los veintitantos, lo guardé en una caja y nunca más quise verlo.

O eso pensaba.

El 23 de diciembre de este año, al llegar a casa después del trabajo, lo encontré colgado en el pomo de mi dormitorio.

El mismo.
El original.
Rojo apagado.
Bordado torcido.
Mi nombre.

Me quedé quieto en el pasillo, con el abrigo aún puesto, incapaz de respirar por unos segundos.
Nadie tenía copia de mis llaves.
Nadie había entrado.
Y, sobre todo…
yo no tenía ese calcetín desde hacía más de diez años.

Lo arranqué del pomo con un tirón brusco. La tela estaba fría, tensa, como si hubiera estado colgada a la intemperie. Lo lancé a la basura del baño sin pensarlo.

Esa noche dormí con la puerta del dormitorio cerrada por dentro.

El 24 por la mañana lo encontré colgado otra vez.
En la misma puerta.
Exactamente a la misma altura.

No soy una persona asustadiza, pero me temblaron las manos. Sentí una especie de vergüenza infantil, como si estuviera reviviendo un miedo que creía superado. Agarré el calcetín y esta vez lo rompí. Lo rasgué con fuerza, dejando dos pedazos irregulares como alas podridas.

Los tiré por separado: uno a la basura de la cocina, otro a la bolsa del supermercado que saqué al contenedor del edificio.

Apreté bien las bolsas.
Lavé mis manos como si fuera a operar a alguien.

Me repetí que todo tenía una explicación.
Cansancio.
Falso recuerdo.
Coincidencia imposible.
Algo así. Pero al caer la noche, ya sabía la verdad:
no había explicación buena.

A las dos de la madrugada me despertó un ruido suave.
Un golpe hueco.
No en la puerta.
No en el pasillo.

Dentro de mi habitación.

Me incorporé lentamente. El móvil en la mesilla marcaba las 2:07. Apagué la pantalla, dejé que la oscuridad se asentara.

Algo se movió.
Un balanceo leve.
Un roce de tela.

Encendí la lámpara con un manotazo.

El calcetín estaba colgado del lateral de mi escritorio.

Entero.
Sin rasgaduras.
Como si jamás lo hubiera roto.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era que estaba lleno.

La tela pesaba, abultada, deformada por algo que no debía estar ahí. La boca del calcetín se abría apenas, dejando ver un interior oscuro que parecía… respirar. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero rítmico.

—No… —susurré sin querer.

Me acerqué con la mano extendida, dudando entre tocarlo o volver a encender todas las luces de la casa. Algo dentro se agitó, como si respondiera a mi presencia.

Y entonces lo escuché.
Una voz infantil, ahogada, como si viniera desde un sueño muy profundo:

—Te dije que no me dejaras fuera…

Di un paso atrás. Me golpeé con la cama. El corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho.

—No eres real —logré decir.

El calcetín se quedó quieto.
Luego habló de nuevo, más nítido:

—No esta vez.

Recordé algo entonces.
Un recuerdo tan enterrado que me dolió desenterrarlo.

Un año —no sé si tenía cinco o seis— mis padres discutieron toda la noche del 24. Yo me escondí en mi habitación y colgué mi calcetín esperando que Papá Noel arreglara lo que fuera que se estaba rompiendo.

Por la mañana, el calcetín estaba lleno…
pero no de caramelos.

Recuerdo el olor metálico.
El peso pegajoso.
Las manchas marrones en la tela.

Mis padres nunca hablaron de aquello.
Yo tampoco.
Supuse que lo había soñado.
Los niños creen cosas extrañas cuando tienen miedo.

Hasta ahora.

Apreté los dientes y me acerqué.
Tenía que hacerlo.
Tenía que ver qué había dentro.

Tomé el calcetín con ambas manos. Pesaba más de lo que debería. Sentí un latido interno, lento, profundo, como si algo se aferrara al fondo.

Lo abrí.

Primero vi oscuridad.
Luego, algo más.

Un ojo.
Humano.
Pequeño.
Mirándome desde dentro como si llevara años esperándome.

Retrocedí con un grito seco. El calcetín cayó al suelo. El ojo parpadeó, húmedo, brillante. Y una voz —la misma voz infantil— habló desde el interior:

—No debiste romperme.
—¿Qué eres…? —susurré.

La respuesta llegó como un susurro antiguo, de una memoria que nunca quise tener:

—Soy lo que dejaste colgado…
y lo que nunca volviste a mirar.

El calcetín se abrió un poco más.
Algo más asomó.
Una mano diminuta.
Del tamaño de la mía cuando era niño. —Déjame entrar otra vez —pidió la voz, ahora más cerca, más adulta, más parecida a mí—. Déjame volver contigo.

El calcetín se arrastró hacia mis pies, moviéndose como un animal herido. Yo intenté retroceder pero mis piernas no respondían.

—Volveré cada Navidad —prometió la voz—. Aunque me rompas. Aunque me tires. Aunque no quieras recordarme.
—¿Por qué…?
—Porque sigo aquí —susurró—.
Sigo colgando.

La lámpara parpadeó.
El cuarto se llenó de oscuridad.

Cuando la luz volvió, el calcetín ya no estaba.

Pero algo más sí.
Una mancha roja, húmeda, justo en el pomo de mi puerta. Como si alguien acabara de colgar algo allí.
Algo que ya no necesita tela para anunciarse.

Desde entonces espero que llegue la noche del 24.
Porque sé que no vendrá con regalos.
Y porque sé que lo que colgué aquel año no era un calcetín.

Era una parte de mí.

La que nunca aprendió a dejar de tener miedo.