Puerta abierta dibujada con trazos blancos sobre fondo negro, con una sombra alargada cruzando el umbral, estilo minimalista Umbral Cero

La habitación del eco

Anoche, al pasar por el pasillo, escuché mi nombre dicho muy despacio.
Pensé que venía del salón.
Pero no.

La voz venía de mi habitación.
De la oscuridad quieta.
Del hueco entre la cama y la pared.

Encendí la luz.
Nada.
Silencio.

Apagué.
Y la voz volvió, esta vez más cerca, como si estuviera repitiendo algo que ya había dicho antes:

—No te fuiste bien.

Lo peor no fue el susurro.
Lo peor fue reconocerlo.

Era mi voz.
Pero más joven.
Como un eco que se había quedado allí atrapado…
esperando a que volviera.

Zapato dibujado con trazos blancos sobre fondo negro junto a un pequeño montón de arena, estilo minimalista Umbral Cero

La noche que no trajo nada

La noche de Reyes nunca me dio miedo.
Lo que siempre me inquietó fue lo que dejaba atrás.

El 7 de enero la casa amanece distinta:
demasiado quieta,
demasiado consciente,
como si algo hubiera pasado por aquí mientras dormíamos.

Hoy encontré mis zapatos movidos unos centímetros hacia adelante.
No era un regalo.
No era una señal alegre.
Solo un gesto leve, preciso, como si alguien hubiera comprobado si seguían encajando donde los dejaba de niño.

Dentro del izquierdo había un poco de arena oscura.
Tibia.

No se llevó nada.
No dejó nada.
Solo la arena.
Como si quisiera recordarme que anoche sí estuvo aquí.

Aunque yo ya no pidiera nada.