En la consulta me preguntaron si tenía alucinaciones auditivas.
Dije que no.
Pero por las noches siempre oigo mi nombre.
No gritado.
No susurrado.
Solo… pronunciado, como cuando alguien te llama desde la otra habitación.
“No estoy solo”, pienso siempre.
Y eso es lo que más me tranquiliza.
Lo que no me tranquiliza es que siempre lo dice con mi propia voz.
