Ilustración minimalista de la silueta de un niño dibujado con líneas blancas sobre fondo negro, estilo Umbral Cero.

Los inocentes

De niño siempre me dijeron que el 28 de diciembre era “el día de los inocentes”.
Que antes se recordaba a los niños que no tuvieron oportunidad.
Que era una tradición antigua, casi olvidada.

Esta madrugada he entendido por qué.

A las 3:14 he escuchado pasos pequeños en el pasillo.
No los de un adulto.
No los de alguien vivo.
Pasos cortos, suaves, desnudos, como los de un niño que no quiere despertar a nadie.

Pensé que era un sueño.
Hasta que llamaron a mi puerta.

Golpes diminutos.
Rítmicos.
Pacientes.

Me levanté con el corazón latiendo donde no debería.
Miré por la mirilla…
y no vi a nadie.

Pero cuando bajé la vista, vi algo apoyado en el suelo:

Un papel.
De un cuaderno infantil.
Con una frase escrita con letras torpes:

“Hoy nos toca volver.
No te escondas.”

Dibujo minimalista de un calcetín navideño colgado sobre fondo negro, ilustración estilo Umbral Cero.

El que sigue colgando

Todas las noches, desde que era pequeño, dejaba un calcetín en la puerta para que Papá Noel lo encontrara.
Dejé de hacerlo cuando crecí, pero este año, alguien volvió a colgarlo.
El calcetín es el mismo: rojo, gastado, con mi nombre bordado a mano. Nadie más lo tiene.

Lo arranqué, lo tiré a la basura y eché el pestillo.
A las tres de la madrugada, un golpe suave me despertó.
No un golpe en la puerta.
Un golpe dentro de la habitación.

Encendí la luz.
El calcetín estaba otra vez colgado.
Lleno.
Moviéndose.
Como si algo dentro respirara muy despacio.

No me acerqué.
Solo escuché una voz infantil, ahogada y lejana, susurrar desde dentro del tejido:

—No te olvides de mí… esta Navidad.