Dos huellas blancas dibujadas con trazos mínimos sobre fondo negro, estilo Umbral Cero

La cosa que repetía mis pasos

Anoche noté algo extraño al cruzar el pasillo.
Cada vez que yo daba un paso, otro sonaba justo después.
No más fuerte.
No más lento.
Solo… demasiado parecido.

Me quedé quieto.
El sonido también.

Avancé dos pasos.
Escuché dos más, detrás, desfasados apenas por un suspiro.
Como un eco vivo intentando aprender mi forma de caminar.

Pensé que venía del fondo del pasillo.
Hasta que me di cuenta de que no:
venía de detrás de mí,
justo donde mi sombra debería estar.

No quise girarme.

Esta mañana, el pasillo amaneció distinto:
polvo marcado con huellas que no eran mías.
Las mías eran rectas.
Las otras estaban… corrigiéndose.
Como si ya casi hubieran aprendido a caminar igual que yo.

Puerta dibujada con trazos blancos sobre fondo negro, con una sombra alargada asomando por la rendija inferior, estilo minimalista Umbral Cero

La sombra que llamó primero

Anoche llamaron a mi puerta.
Un golpe suave, apenas un roce.
Pensé que era el viento, hasta que escuché mi nombre dicho muy bajito, como si viniera de dentro del pasillo.

Me acerqué sin encender la luz.
La puerta tenía una línea de sombra justo debajo, como si alguien estuviera de pie al otro lado.
Quieto.
Esperando.

No abrí.
No quise.

Esta mañana, al salir de casa, vi algo que no estaba anoche:
una pequeña marca oscura en la madera, a la altura del pomo.
Como una huella de dedos…
pero desde dentro hacia fuera.

Y al cerrar, escuché el mismo golpe suave.
Solo que esta vez, la sombra me llamó por mi nombre antes de que yo me fuera.

Símbolo minimalista de una habitación con tres camas dibujadas con trazos blancos sobre fondo negro, estilo Umbral Cero

La habitación que observa — Descenso Nº3

Descenso Nº3 — Profundidades del Umbral

El hostal no tenía nada especial.
Pequeño, apagado, con ese olor a detergente barato que intenta cubrir otro olor más profundo, más viejo, más húmedo.
La clase de olor que no viene de las paredes, sino de algo que ha respirado demasiado tiempo en silencio.

La recepción estaba vacía, como si yo hubiera llegado fuera de horario o como si aún no fuera el momento de que alguien me atendiera.
Toqué el timbre.
El sonido no bajó: subió.
Y en algún punto del piso superior, unos pasos se activaron de inmediato.
No eran pasos apresurados.
Eran pasos de alguien que ya sabía que yo estaba allí.
De alguien que llevaba rato esperando.

La dueña bajó sin prisa, con una llave pesada entre los dedos.
No me miró a los ojos.
Me la entregó con la expresión de quien pasa algo que ya no quiere tener en sus manos.
Señaló las escaleras como si fueran un camino inevitable.

Subí.

Los escalones crujían con un cansancio que no parecía del edificio, sino del propio acto de subirlos.
Metros antes de la mitad, sentí claramente una presencia detrás de mí.
No un sonido.
No un roce.
Una presencia.
La certeza animal de que alguien estaba subiendo a mi mismo ritmo, pisando exactamente donde yo acababa de pisar.

Giré.
Nada.
Pero el frío repentino en la espalda… ese sí se quedó.
El aire parecía haber sido apartado por algo que acababa de moverse deprisa.

Arriba, el pasillo no encajaba con la planta baja.
Era más estrecho donde tenía que ser ancho.
Más ancho donde tenía que estrecharse.
Como si no lo hubiera construido una persona, sino una intención.

A la izquierda, las luces tardaban un segundo en encenderse.
Ese segundo era extraño, denso, como si alguien apagara la luz a propósito y luego la cediera de mala gana.

A la derecha, un pasillo demasiado grande para un hostal tan pequeño.
Puertas cerradas, todas idénticas, todas mudas.
Un silencio tan metálico que parecía escucharlo rebotar.

Y justo enfrente, unas escaleras que subían a un piso que no figuraba en ningún plano.
No quise mirarlas mucho tiempo, pero desde arriba noté claramente que alguien me estaba mirando a mí.

Mi habitación estaba al final del pasillo izquierdo.
El número no estaba escrito: estaba arañado.
Como si alguien hubiese intentado borrarlo muchas veces y luego fingir que seguía ahí.

La llave giró demasiado fácil.
La puerta no se abrió para que yo entrara.
Se abrió para que algo me viera entrar.

La habitación tenía tres camas.
Dos en la pared derecha, perfectamente estiradas, tensas como si jamás nadie hubiese dormido en ellas.
Y la tercera enfrente, hundida en el centro.
Un hundimiento reciente, tibio, como si alguien hubiera estado sentado allí hasta el instante antes de que yo pusiera la mano en el pomo.

El armario empotrado tenía dos puertas que no encajaban bien.
Al pasar junto a él, una de ellas se abrió un centímetro.
Muy despacio.
Sin corriente.
Sin explicación.

La mesa pequeña reaccionó a mi mochila con un temblor breve.
No vibración.
Temblor.
Como si fuera un músculo, no un mueble.

El baño tenía una luz de emergencia naranja.
Iluminaba el espejo con un tono de piel enferma.
Mi reflejo llegaba tarde.
Solo un instante.
Pero suficiente para notar que ese reflejo no imitaba exactamente lo que yo hacía.

El olor a humedad allí dentro no venía de las tuberías.
Era un olor más cercano a algo que acaba de moverse y aún está mojado.

Regresé a la habitación.

Fue entonces cuando escuché el primer crujido.
Suave, medido.
La cama hundida había cedido un poco más.
Un movimiento casi imperceptible, como si algo bajo la colcha se hubiera acomodado.

Miré el ventanal.
La calle debería verse, pero no había calle.
Solo oscuridad adherida al cristal, intentando formar una figura que no llegaba a completarse.

El armario se abrió otro centímetro.
Esta vez más lento.
Con la calma de algo que no necesita esconderse.

Las escaleras del pasillo —no las de recepción, las otras— hicieron ruido.
Un paso.
Otro.
Avanzando hasta la esquina donde empezaba mi pasillo.
Deteniéndose justo allí.

No respiré.
La habitación sí.

Las dos camas de la pared estaban quietas.
Perfectas.
Muertas.

La cama hundida respiraba.
Era un movimiento sutil, ondulante, como si algo estuviera decidiendo si quería levantarse o esperar a que yo durmiera primero.

Miré al ventanal otra vez.
Ya no se veía la calle.
Se veía la habitación.
Pero no estaba yo.

Solo las tres camas…
y una silueta inmóvil entre la segunda cama y el armario.
Un contorno oscuro, sin rasgos, sin altura definida, como si aún no hubiera decidido qué forma adoptar.

Parpadeé.
La imagen volvió a ser normal.
O lo que esa habitación consideraba normal.

Los pasos en las escaleras se alejaron, subiendo de nuevo hacia el piso prohibido.
El armario emitió un clac torpe, como si algo dentro hubiera empujado hacia fuera o hacia dentro.
No sé qué era peor.

La cama de enfrente se hundió un poco más.
Milímetros que parecían horas.

Me quedé de pie, sin saber si retroceder o acercarme.
La habitación parecía calcular mi respiración.
Mi pulso.
Mi miedo.

Tres camas.
Tres noches.
Pero la sensación era otra.
Como si la habitación esperara…
no a mí, sino a alguien más.
Como si supiera que estoy ocupando un lugar que no me corresponde.
Como si llevara demasiado tiempo incompleta.

Y aunque intento convencerme de lo contrario, hay algo que no puedo ignorar:

la habitación no estaba vacía antes de que yo llegara.
Solo estaba esperando que alguien se atreviera a entrar…
para volver a contar cuántos somos.

Puerta entreabierta dibujada con trazos blancos sobre fondo negro y una huella pequeña frente al umbral, estilo minimalista Umbral Cero

La puerta que no cerré bien

Anoche escuché un golpe suave en el pasillo.
No un portazo.
Solo el sonido exacto de una puerta que se cierra despacio… como cuando alguien no quiere hacerse notar.

Me levanté para comprobar las habitaciones.
Todas estaban cerradas.
Todas menos una.

La puerta del fondo estaba entreabierta.
Apenas un dedo de separación.
Lo suficiente para ver una sombra quieta justo detrás, esperando que me acercara.

No entré.
No toqué nada.

Esta mañana volví a mirar.
La puerta seguía igual.
Pero algo había cambiado:

En el suelo, justo en la línea del umbral, había una huella pequeña.
Mojada.
Demasiado pequeña para ser mía.
Demasiado reciente para ser de nadie más.

Y la puerta…
ahora está un poco más abierta.

Puerta abierta dibujada con trazos blancos sobre fondo negro, con una sombra alargada cruzando el umbral, estilo minimalista Umbral Cero

La habitación del eco

Anoche, al pasar por el pasillo, escuché mi nombre dicho muy despacio.
Pensé que venía del salón.
Pero no.

La voz venía de mi habitación.
De la oscuridad quieta.
Del hueco entre la cama y la pared.

Encendí la luz.
Nada.
Silencio.

Apagué.
Y la voz volvió, esta vez más cerca, como si estuviera repitiendo algo que ya había dicho antes:

—No te fuiste bien.

Lo peor no fue el susurro.
Lo peor fue reconocerlo.

Era mi voz.
Pero más joven.
Como un eco que se había quedado allí atrapado…
esperando a que volviera.

Zapato dibujado con trazos blancos sobre fondo negro junto a un pequeño montón de arena, estilo minimalista Umbral Cero

La noche que no trajo nada

La noche de Reyes nunca me dio miedo.
Lo que siempre me inquietó fue lo que dejaba atrás.

El 7 de enero la casa amanece distinta:
demasiado quieta,
demasiado consciente,
como si algo hubiera pasado por aquí mientras dormíamos.

Hoy encontré mis zapatos movidos unos centímetros hacia adelante.
No era un regalo.
No era una señal alegre.
Solo un gesto leve, preciso, como si alguien hubiera comprobado si seguían encajando donde los dejaba de niño.

Dentro del izquierdo había un poco de arena oscura.
Tibia.

No se llevó nada.
No dejó nada.
Solo la arena.
Como si quisiera recordarme que anoche sí estuvo aquí.

Aunque yo ya no pidiera nada.