Símbolo minimalista de una habitación con tres camas dibujadas con trazos blancos sobre fondo negro, estilo Umbral Cero

La habitación que observa — Descenso Nº3

Descenso Nº3 — Profundidades del Umbral

El hostal no tenía nada especial.
Pequeño, apagado, con ese olor a detergente barato que intenta cubrir otro olor más profundo, más viejo, más húmedo.
La clase de olor que no viene de las paredes, sino de algo que ha respirado demasiado tiempo en silencio.

La recepción estaba vacía, como si yo hubiera llegado fuera de horario o como si aún no fuera el momento de que alguien me atendiera.
Toqué el timbre.
El sonido no bajó: subió.
Y en algún punto del piso superior, unos pasos se activaron de inmediato.
No eran pasos apresurados.
Eran pasos de alguien que ya sabía que yo estaba allí.
De alguien que llevaba rato esperando.

La dueña bajó sin prisa, con una llave pesada entre los dedos.
No me miró a los ojos.
Me la entregó con la expresión de quien pasa algo que ya no quiere tener en sus manos.
Señaló las escaleras como si fueran un camino inevitable.

Subí.

Los escalones crujían con un cansancio que no parecía del edificio, sino del propio acto de subirlos.
Metros antes de la mitad, sentí claramente una presencia detrás de mí.
No un sonido.
No un roce.
Una presencia.
La certeza animal de que alguien estaba subiendo a mi mismo ritmo, pisando exactamente donde yo acababa de pisar.

Giré.
Nada.
Pero el frío repentino en la espalda… ese sí se quedó.
El aire parecía haber sido apartado por algo que acababa de moverse deprisa.

Arriba, el pasillo no encajaba con la planta baja.
Era más estrecho donde tenía que ser ancho.
Más ancho donde tenía que estrecharse.
Como si no lo hubiera construido una persona, sino una intención.

A la izquierda, las luces tardaban un segundo en encenderse.
Ese segundo era extraño, denso, como si alguien apagara la luz a propósito y luego la cediera de mala gana.

A la derecha, un pasillo demasiado grande para un hostal tan pequeño.
Puertas cerradas, todas idénticas, todas mudas.
Un silencio tan metálico que parecía escucharlo rebotar.

Y justo enfrente, unas escaleras que subían a un piso que no figuraba en ningún plano.
No quise mirarlas mucho tiempo, pero desde arriba noté claramente que alguien me estaba mirando a mí.

Mi habitación estaba al final del pasillo izquierdo.
El número no estaba escrito: estaba arañado.
Como si alguien hubiese intentado borrarlo muchas veces y luego fingir que seguía ahí.

La llave giró demasiado fácil.
La puerta no se abrió para que yo entrara.
Se abrió para que algo me viera entrar.

La habitación tenía tres camas.
Dos en la pared derecha, perfectamente estiradas, tensas como si jamás nadie hubiese dormido en ellas.
Y la tercera enfrente, hundida en el centro.
Un hundimiento reciente, tibio, como si alguien hubiera estado sentado allí hasta el instante antes de que yo pusiera la mano en el pomo.

El armario empotrado tenía dos puertas que no encajaban bien.
Al pasar junto a él, una de ellas se abrió un centímetro.
Muy despacio.
Sin corriente.
Sin explicación.

La mesa pequeña reaccionó a mi mochila con un temblor breve.
No vibración.
Temblor.
Como si fuera un músculo, no un mueble.

El baño tenía una luz de emergencia naranja.
Iluminaba el espejo con un tono de piel enferma.
Mi reflejo llegaba tarde.
Solo un instante.
Pero suficiente para notar que ese reflejo no imitaba exactamente lo que yo hacía.

El olor a humedad allí dentro no venía de las tuberías.
Era un olor más cercano a algo que acaba de moverse y aún está mojado.

Regresé a la habitación.

Fue entonces cuando escuché el primer crujido.
Suave, medido.
La cama hundida había cedido un poco más.
Un movimiento casi imperceptible, como si algo bajo la colcha se hubiera acomodado.

Miré el ventanal.
La calle debería verse, pero no había calle.
Solo oscuridad adherida al cristal, intentando formar una figura que no llegaba a completarse.

El armario se abrió otro centímetro.
Esta vez más lento.
Con la calma de algo que no necesita esconderse.

Las escaleras del pasillo —no las de recepción, las otras— hicieron ruido.
Un paso.
Otro.
Avanzando hasta la esquina donde empezaba mi pasillo.
Deteniéndose justo allí.

No respiré.
La habitación sí.

Las dos camas de la pared estaban quietas.
Perfectas.
Muertas.

La cama hundida respiraba.
Era un movimiento sutil, ondulante, como si algo estuviera decidiendo si quería levantarse o esperar a que yo durmiera primero.

Miré al ventanal otra vez.
Ya no se veía la calle.
Se veía la habitación.
Pero no estaba yo.

Solo las tres camas…
y una silueta inmóvil entre la segunda cama y el armario.
Un contorno oscuro, sin rasgos, sin altura definida, como si aún no hubiera decidido qué forma adoptar.

Parpadeé.
La imagen volvió a ser normal.
O lo que esa habitación consideraba normal.

Los pasos en las escaleras se alejaron, subiendo de nuevo hacia el piso prohibido.
El armario emitió un clac torpe, como si algo dentro hubiera empujado hacia fuera o hacia dentro.
No sé qué era peor.

La cama de enfrente se hundió un poco más.
Milímetros que parecían horas.

Me quedé de pie, sin saber si retroceder o acercarme.
La habitación parecía calcular mi respiración.
Mi pulso.
Mi miedo.

Tres camas.
Tres noches.
Pero la sensación era otra.
Como si la habitación esperara…
no a mí, sino a alguien más.
Como si supiera que estoy ocupando un lugar que no me corresponde.
Como si llevara demasiado tiempo incompleta.

Y aunque intento convencerme de lo contrario, hay algo que no puedo ignorar:

la habitación no estaba vacía antes de que yo llegara.
Solo estaba esperando que alguien se atreviera a entrar…
para volver a contar cuántos somos.

Ilustración minimalista de tres camas dibujadas en trazos blancos sobre fondo negro, con un círculo incompleto a la derecha, estilo Umbral Cero

La habitación dos

Dos camas en la pared derecha.
Una enfrente, sola, mirando.

Entré y supe que no debía quedarme.

Las dos camas parecían iguales hasta que dejé la mochila en la mesa y escuché un crujido en la de enfrente. No fuerte. Solo… atento.

El armario empotrado respiraba frío. El baño olía a algo que no venía del baño.
En el ventanal no había calle: solo una oscuridad quieta, pegada al cristal como una cara esperando mi mirada.

Me senté en una de las camas.
La de enfrente se hundió un poco.

No he tocado nada más.
Solo son tres noches.

Pero esta habitación actúa como si estuviera esperando a que me acueste para contar bien cuántos somos.