Dos camas en la pared derecha.
Una enfrente, sola, mirando.
Entré y supe que no debía quedarme.
Las dos camas parecían iguales hasta que dejé la mochila en la mesa y escuché un crujido en la de enfrente. No fuerte. Solo… atento.
El armario empotrado respiraba frío. El baño olía a algo que no venía del baño.
En el ventanal no había calle: solo una oscuridad quieta, pegada al cristal como una cara esperando mi mirada.
Me senté en una de las camas.
La de enfrente se hundió un poco.
No he tocado nada más.
Solo son tres noches.
Pero esta habitación actúa como si estuviera esperando a que me acueste para contar bien cuántos somos.
