Punto blanco suspendido en oscuridad absoluta, símbolo del relato de terror psicológico “Lo que no parpadea”

Lo que no parpadea — Descenso Nº1

Descenso Nº1 — Profundidades del Umbral

Cuando apago la luz, todo desaparece menos una cosa:
ese punto blanco que queda flotando en la oscuridad.
No es un reflejo, ni una pantalla, ni el led de nada.
A veces lo veo moverse.
A veces lo veo acercarse.
A veces lo veo más cerca de lo que recordaba.

Hoy, cuando he encendido la luz, no había nada.
Pero el punto seguía ahí.
En mi retina.
Mirándome desde dentro.

Lo que no cuento cuando lo digo en voz alta es que empezó hace semanas. Quizá meses. Cuesta saber cuándo algo se vuelve inquietante; al principio solo es raro, luego molesto, luego imposible de ignorar. Muy al final es cuando decides pronunciarlo: “Me pasa algo”.

Al principio pensé que era una de esas moscas volantes, pequeños cuerpos extraños que flotan en el humor vítreo y que se cruzan de vez en cuando por el campo visual.
Un hilito oscuro, una manchita gris. Nada importante. Nada que merezca más que un parpadeo algo más fuerte de lo normal.

Pero esto no era eso.
Porque esto era blanco.
Brillante. Nítido.

Y, sobre todo, no se iba cuando parpadeaba.

La primera noche que lo vi estaba tumbado en la cama, el móvil en la mano, deslizando sin ganas por la pantalla. Mis ojos ardían un poco. Demasiada luz, demasiado vídeo, demasiado ruido compacto. Apagué el móvil, lo dejé en la mesilla boca abajo y estiré la mano para apagar la lámpara.

La oscuridad cayó de golpe, limpia.
Y ahí estaba.

Un punto.
Una puntada blanca en mitad del vacío.

Era tan pequeño que pensé que mi cerebro estaba completando una imagen que ya no existía, un eco de la pantalla del móvil. Pero pasaron los segundos, los párpados se cerraron y abrieron una y otra vez, y el punto seguía.

Suspendido.
Fijo.

—Tendré que dormir más —murmuré, como si decirlo en voz alta le restara importancia.

No fue hasta la tercera noche cuando se movió.

Trabajaba frente al ordenador, con la habitación casi a oscuras salvo por el rectángulo de luz azulada. El cansancio me pesaba sobre la nuca y, cuando por fin lo apagué todo, el descanso fue casi físico: silencio, oscuridad, la silla crujió bajo mi peso cuando me dejé caer hacia atrás.

Parpadeé despacio.
Ahí estaba.

No en el centro, esta vez. Un poco a la izquierda, como si se hubiera cansado del medio. Pensé que era sugestión. Moví el ojo, busqué desplazarlo como se desplazan las moscas volantes cuando las sigues con la mirada.
Pero el punto no se desplazaba con el movimiento.

Se adelantaba.

Eso fue lo que me inquietó: la sensación de profundidad. No estaba “pegado” a la retina, no flotaba a la misma distancia que todo lo demás. Daba la impresión de venir hacia mí desde muy lejos, como un faro lejano en mitad de una noche sin luna. Cada vez que intentaba fijarlo, parecía avanzar un milímetro.

Aquella noche dormí con la lámpara encendida.

Cuando lo comenté por primera vez fue con un chiste preparado, como se confiesa un miedo infantil en una reunión de adultos.

—Me pasa una cosa muy rara —le dije a Sara, durante el descanso en el trabajo, con el café demasiado caliente entre las manos—. Por las noches veo un puntito blanco cuando apago la luz. Una lucecita. Igual me he comprado un fantasma led.

Ella se rio, hizo un comentario sobre lo poco que salgo de casa y lo mucho que miro la pantalla. Lo suyo era una mezcla de cariño y reproche profesional: enfermera diez horas al día, sermones bienintencionados gratis.

—Es normal que veas cosas raras si estás todo el rato con pantallas. Pero si te preocupa, ve al oftalmólogo. Mejor eso que esperar a que explote algo.

La manera en que lo dijo —“explote algo”— me dejó un regusto extraño. No en los oídos, en los ojos. Como si la frase hubiera ido directa allí.

Esa noche no necesité apagar la luz para verlo.

Estaba sentado en el sofá, el televisor apagado, el salón en penumbra. Las cortinas dejaban entrar una luz débil de la farola de la calle. Y, justo en el centro del televisor negro, vi el punto.
Blanco. Perfecto.
Reflejándose en la superficie, como si fuera un píxel encendido en una pantalla apagada.

Me incliné hacia delante, el corazón desacompasado.
No había nada detrás de mí que pudiera reflejarse.

Volví la cabeza hacia la ventana, hacia la mesilla, hacia la puerta. Nada. Ningún foco de luz. Cuando regresé la mirada al televisor, el punto seguía allí.

Solo que ya no estaba en la pantalla.

Estaba ligeramente por delante.

Fui al oftalmólogo al día siguiente. No por miedo, me repetí, sino por controlar la situación. Es lo que haces cuando has aprendido a sobrevivir: administrar el pánico en dosis más o menos soportables.

La consulta olía a desinfectante y a gotas, esa mezcla ácida que se te mete en la nariz. Me senté, respondí preguntas, exageré un poco lo del ordenador para que sonara todo más médico, menos… inexplicable.

—A veces veo un punto blanco —dije al final—. Sobre todo cuando apago la luz. Pero últimamente también con luz. No parpadea ni se va cuando cierro los ojos.

El oftalmólogo, un hombre de barba gris y mirada cansada, asentía como si ya se lo esperara. Me sentó frente a la lámpara de hendidura, me pidió que pegara la barbilla y la frente.

—Mira hacia arriba. Ahora abajo. A la derecha. A la izquierda. Parpadea.

Obedecí en silencio. Sentía el haz de luz entrarme en el ojo, explorando un territorio que creía propio. Quise preguntar si veía algo raro, pero me contuve. Siempre he tenido miedo de las respuestas honestas.

En un momento dado, el médico se quedó quieto. La luz seguía encendida, clavada. Noté cómo contenía la respiración.

—¿Pasa algo? —pregunté.

Tardó unos segundos en alejarse. Cuando lo hizo, forzó una sonrisa profesional.

—No hay nada grave —dijo—. La retina está bien, no veo desgarros, ni desprendimientos. Puede ser estrés visual, fotopsias… A veces el ojo genera destellos que el cerebro interpreta como puntos o luces.

—Pero esto no parpadea ni se va.

Encogió los hombros.

—La percepción no siempre se ajusta a la anatomía. Vigílalo. Si notas algo más, vuelve.

Me dio un papel con recomendaciones y unas gotas lubricantes. Salí a la calle con la pupila dilatada, el mundo deformado en halos y reflejos. Caminé despacio, las gafas de sol puestas, intentando no pensar en la pausa que había hecho antes de responder.

La realidad se disolvía en círculos de luz.
Pero el punto seguía siendo nítido.

Blanco.
Exacto.
En el mismo sitio.

Dentro.

Los días siguientes aprendí algo nuevo: podía cerrar los ojos y seguir viéndolo. No como una mancha, no como un residuo de luz, sino como una presencia fija. Un ojo dentro del ojo.

Si presionaba suavemente el párpado, el resto de la visión se llenaba de destellos y formas cambiantes. El punto, en cambio, no se movía ni un milímetro.

A veces, cuando estaba tumbado boca arriba, tenía la sensación de que el punto… respiraba. No por un movimiento claro, sino por un leve pulso, sincronizado al principio con mi corazón y luego… no.

Una noche, mientras me obligaba a no encender la luz, se me ocurrió algo.

“Si está en mi retina”, pensé, “solo yo puedo verlo”.

Abrí los ojos en la oscuridad, fijé la vista en el techo invisible y dejé que la presencia blanca flotara allí.

—Si puedes oírme —susurré, sintiéndome idiota—, haz algo.

El punto no se movió.
No hizo nada.

Hasta que parpadeé.

Fue un parpadeo normal, automático. Los ojos se cerraron una fracción de segundo, el mundo desapareció detrás del negro de los párpados y, en ese ínfimo instante, el punto se duplicó.

Cuando abrí los ojos de nuevo, había dos.
Uno junto al otro.
Casi pegados.

La respiración se me cortó. Un temblor pequeño, casi ridículo, me subió por los brazos. Durante unos segundos no fui capaz de moverme. Ni de apartar la mirada.

Luego volví a parpadear. Muy despacio. Al abrir los ojos, solo quedaba uno.

Desde entonces empecé a verlo en superficies oscuras: el monitor apagado, el cristal de la ventana de noche, la pantalla negra del móvil antes de encenderse.

Era una paradoja: solo estaba dentro de mi ojo, pero aparecía exactamente donde yo miraba. Como si la realidad se hubiera rendido y aceptara que, allí donde posase la vista, ese punto tenía preferencia.

Un sábado, ya agotado de darle vueltas, decidí hacer una prueba. Coloqué una silla frente al espejo del baño y apagué la luz del pasillo. Solo dejé encendida la del móvil, apoyado boca abajo, para tener una rendija mínima.

Me senté, respiré hondo y apagué también esa luz.

Oscuridad total.

Esperé a que la vista se adaptara, aunque sabía que no vería nada. Y entonces, como siempre, apareció el punto: blanco, nítido, suspendido en lo que yo sabía que era la oscuridad donde debería estar mi reflejo.

—Vale —susurré—. Vamos a verlo.

Alargué la mano a tientas, encontré el interruptor y encendí la luz del baño.

El espejo me devolvió mi cara pálida, los ojos enrojecidos, la barbilla tensa. Todo en su sitio. Me acerqué un poco más, tanto que mi aliento empañó el cristal.

Busqué el punto dentro de la pupila. Nada. Ninguna mancha blanca. Solo el reflejo de la bombilla.

Y entonces lo vi.

No estaba en mi ojo directo.
No estaba en el espejo como una mancha sobre mí.

Estaba… entre ambos.

Como si alguien hubiera dibujado un punto blanco en el aire, justo delante del espejo, pegado al cristal pero a la vez separado. Cuando moví la cabeza a un lado, el punto no se desplazó con mi reflejo: se quedó en el centro.

Lo probé de nuevo, moviéndome hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Mi rostro se deslizaba en el espejo, pero el punto seguía allí, fijo, ajeno a mí.

Solo que ahora sí estaba parpadeando.

No como una luz que se enciende y se apaga, sino como un ojo que se abre y se cierra hacia dentro.

Sentí un pinchazo detrás de la frente. Un mareo rápido, como si alguien hubiera tirado de algo dentro de mi cráneo. Me eché hacia atrás, tropecé con la silla y casi caigo.

Cuando me reincorporé, la luz seguía encendida.
El espejo seguía allí.
Yo seguía allí.

Y el punto también.

Solo que ya no era un punto. Era una diminuta pupila.

Desde entonces empecé a dormir menos. No por insomnio, sino por miedo. Descubrí que había una delgada línea entre mirar hacia un lado para evitar ver algo y no poder mirar a ningún sitio sin verlo.

En la pantalla del portátil, cuando se ponía en negro antes de apagarse, el punto se intuía. En el cristal del microondas, apagado, en el hueco de la televisión, en las ventanas de los coches por la noche.

Yo sabía que solo estaba en mi cabeza.
Pero también sabía que lo que está en tu cabeza puede acabar siendo más real que lo que tocas.

Una madrugada, completamente despierto en la cama, me di cuenta de que el punto se había hecho ligeramente más grande. No mucho, apenas un detalle. Pero lo suficiente como para notar que ya no era solo un punto: era un diminuto círculo completo, con un borde muy leve.

Como si hubiera un iris gris alrededor de la pupila.

Cerré los ojos.

Lo vi igual.
Perfectamente centrado en la oscuridad de mis párpados.

—Basta —susurré, sin voz—. Basta.

No sé cuánto tiempo pasé así, inmóvil, apretando los párpados con fuerza, conteniendo la respiración hasta que el pecho me ardió. Cuando por fin los abrí, había dado por hecho que el punto seguiría allí.

Y sí.
Ahí estaba.

Más cerca.

Dejé de ir al trabajo. Al principio inventé excusas: un virus, fiebre, mareos. No estaba tan lejos de la realidad. Podía cruzar la habitación sin reconocer mis propios muebles; todo se había convertido en un decorado borroso alrededor de ese pequeño núcleo blanco.

Sara vino a verme al tercer día. Llamó al timbre varias veces antes de que reaccionara. Me encontró en el sofá, con las persianas bajadas y una manta encima aunque no hiciera frío.

—Tienes mala cara —dijo, entrando sin pedir permiso—. ¿Te has medido la tensión?

No supe qué responder. No podía decirle que el problema no estaba en la tensión, sino en lo que se había tensado dentro de mis ojos.

—No duermo bien —fue todo lo que dije.

Ella se sentó a mi lado y me miró con atención. Sentí su escrutinio, pero no conseguí sostenerle la mirada. No porque me diera vergüenza, sino porque si la miraba demasiado tiempo, veía el punto sobre su cara, justo entre sus ojos.

—Voy a abrir un poco la persiana, aquí parece una cueva.

—No —dije demasiado rápido.

Se detuvo, la mano en la cinta.

—Vale… —me miró de nuevo, más seria—. ¿Has vuelto al médico?

Negué con la cabeza.

—No sirve de nada. Dicen que todo está bien.

Ella suspiró y se recostó en el respaldo.

—A veces lo “bien” está aquí —se señaló la sien— y lo “mal” también.

Me dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Si hubiera sido solo un problema mental, quizá habría tenido remedio. Pero lo que brillaba ahora, en ese momento, estaba justo al lado de su cara, ligeramente descentrado.

No me estaba mirando a mí.

Estaba mirándola a ella.

Esa noche lo decidí. No podía seguir así. Si algo iba a romperse, prefería ser yo quien lo hiciera.

Volví al baño, cerré la puerta, apagué la luz del pasillo. Esta vez no me senté. Me planté frente al espejo con las manos apoyadas en el lavabo, como se hace si esperas malas noticias.

Apagué la luz.

La oscuridad me abrazó de golpe.
El punto apareció, por supuesto. No en el centro, sino un poco más arriba, como si supiera exactamente dónde colocar su presencia para no dejarme respirar.

—Mírame —dije, sin reconocer mi propia voz.

El punto no se movió.
Yo sí.

Encendí la luz.

El reflejo del baño me devolvió una escena que no reconocí del todo: ojeras negras, piel pálida, los ojos muy abiertos. Entre ellos, ligeramente por encima de mi ceño, sobre el cristal… la pupila.

Pequeña.
Firme.
Ajena.

No formaba parte de mi cara.
No estaba sobre mi frente.

Estaba en el espejo.

En el otro lado.

Me acerqué hasta casi tocar el cristal con la punta de la nariz. Podía ver las minúsculas imperfecciones del vidrio, el vaho que se formaba con cada exhalación. La pupila, sin embargo, permanecía limpia, nítida.

Y entonces, por primera vez, se movió independientemente de mí.

Descendió unos milímetros, se inclinó hacia un lado, como si estuviera girando en una órbita invisible, y se detuvo justo frente a uno de mis ojos. No sobre él, no en la posición exacta de mi pupila reflejada. Un poquito más adentro.

Mi reflejo no parpadeó.
Yo sí.

Fue un gesto mínimo, automático. Cerré el ojo un instante, y en ese instante algo se deslizó por detrás del párpado.

No puedo explicarlo de otra forma. No fue dolor, no fue un cuerpo sólido. Fue como si una mirada ajena se hubiera precipitado dentro de la mía, cruzando el cristal y atravesando la córnea sin resistencia. Una corriente fría, directa, inmediata.

Me eché hacia atrás, grité sin sonido, las manos me temblaron tanto que golpeé el borde del lavabo. El espejo vibró.

Cuando por fin fui capaz de volver a mirarlo, ya no había punto alguno en el cristal.
Ni pupila extra.
Ni nada.

Solo yo.

Solo mis ojos.

Pero lo supe al instante. Supe que ya no estaba fuera.

Lo sentí al intentar enfocar cualquier cosa: la toalla colgada, el bote de jabón, la esquina del techo.

Todo estaba ligeramente desenfocado.
Todo salvo una cosa.

Una imagen nueva, fija, perfecta, clavada en el centro de mi visión.

No era un punto.
No era una mancha de luz.

Era otro baño.
Otro lavabo.
Otra figura, de espaldas.

Y, en el espejo de ese otro baño, alguien me estaba mirando.

No podía ver su cara con claridad, pero sentía su mirada. Una presión lenta, insistente, proveniente de ese espacio que ahora habitaba dentro de mi ojo.

Parpadeé.
La imagen no se fue.

Lo comprendí entonces: no estaba viendo un recuerdo, ni una alucinación. Estaba viendo lo que veía el ojo que ahora vivía dentro del mío.

El punto que no parpadeaba no era una luz.
Era una rendija.
Un agujero.

Un ojo que se había pasado meses observando mi mundo desde fuera, esperando que yo le devolviera la cortesía.

Ahora la tenía.
Ahora yo era el marco de su ventana.

Y, desde el otro lado, alguien sonrió.
No lo vi, pero lo sentí.

Hoy, cuando apago la luz, todo desaparece menos dos cosas:
lo que tengo delante…
y lo que él está viendo desde dentro.

Ya no soy el único que mira.
Y ninguno de los dos parpadea.

Ilustración minimalista de tres camas dibujadas en trazos blancos sobre fondo negro, con un círculo incompleto a la derecha, estilo Umbral Cero

La habitación dos

Dos camas en la pared derecha.
Una enfrente, sola, mirando.

Entré y supe que no debía quedarme.

Las dos camas parecían iguales hasta que dejé la mochila en la mesa y escuché un crujido en la de enfrente. No fuerte. Solo… atento.

El armario empotrado respiraba frío. El baño olía a algo que no venía del baño.
En el ventanal no había calle: solo una oscuridad quieta, pegada al cristal como una cara esperando mi mirada.

Me senté en una de las camas.
La de enfrente se hundió un poco.

No he tocado nada más.
Solo son tres noches.

Pero esta habitación actúa como si estuviera esperando a que me acueste para contar bien cuántos somos.

Punto de luz blanca flotando en la oscuridad, imagen atmosférica del micro-relato Lo Que No Parpadea en Umbral Cero.

Lo que no parpadea

Cuando apago la luz, todo desaparece menos una cosa:
ese punto blanco que queda flotando en la oscuridad.
No es un reflejo, ni una pantalla, ni el led de nada.
A veces lo veo moverse.
A veces lo veo acercarse.
A veces lo veo más cerca de lo que recordaba.

Hoy, cuando he encendido la luz, no había nada.
Pero el punto seguía ahí.
En mi retina.
Mirándome desde dentro.