Dos huellas blancas dibujadas con trazos mínimos sobre fondo negro, estilo Umbral Cero

La cosa que repetía mis pasos

Anoche noté algo extraño al cruzar el pasillo.
Cada vez que yo daba un paso, otro sonaba justo después.
No más fuerte.
No más lento.
Solo… demasiado parecido.

Me quedé quieto.
El sonido también.

Avancé dos pasos.
Escuché dos más, detrás, desfasados apenas por un suspiro.
Como un eco vivo intentando aprender mi forma de caminar.

Pensé que venía del fondo del pasillo.
Hasta que me di cuenta de que no:
venía de detrás de mí,
justo donde mi sombra debería estar.

No quise girarme.

Esta mañana, el pasillo amaneció distinto:
polvo marcado con huellas que no eran mías.
Las mías eran rectas.
Las otras estaban… corrigiéndose.
Como si ya casi hubieran aprendido a caminar igual que yo.

Puerta dibujada con trazos blancos sobre fondo negro, con una sombra alargada asomando por la rendija inferior, estilo minimalista Umbral Cero

La sombra que llamó primero

Anoche llamaron a mi puerta.
Un golpe suave, apenas un roce.
Pensé que era el viento, hasta que escuché mi nombre dicho muy bajito, como si viniera de dentro del pasillo.

Me acerqué sin encender la luz.
La puerta tenía una línea de sombra justo debajo, como si alguien estuviera de pie al otro lado.
Quieto.
Esperando.

No abrí.
No quise.

Esta mañana, al salir de casa, vi algo que no estaba anoche:
una pequeña marca oscura en la madera, a la altura del pomo.
Como una huella de dedos…
pero desde dentro hacia fuera.

Y al cerrar, escuché el mismo golpe suave.
Solo que esta vez, la sombra me llamó por mi nombre antes de que yo me fuera.

Símbolo minimalista de una habitación con tres camas dibujadas con trazos blancos sobre fondo negro, estilo Umbral Cero

La habitación que observa — Descenso Nº3

Descenso Nº3 — Profundidades del Umbral

El hostal no tenía nada especial.
Pequeño, apagado, con ese olor a detergente barato que intenta cubrir otro olor más profundo, más viejo, más húmedo.
La clase de olor que no viene de las paredes, sino de algo que ha respirado demasiado tiempo en silencio.

La recepción estaba vacía, como si yo hubiera llegado fuera de horario o como si aún no fuera el momento de que alguien me atendiera.
Toqué el timbre.
El sonido no bajó: subió.
Y en algún punto del piso superior, unos pasos se activaron de inmediato.
No eran pasos apresurados.
Eran pasos de alguien que ya sabía que yo estaba allí.
De alguien que llevaba rato esperando.

La dueña bajó sin prisa, con una llave pesada entre los dedos.
No me miró a los ojos.
Me la entregó con la expresión de quien pasa algo que ya no quiere tener en sus manos.
Señaló las escaleras como si fueran un camino inevitable.

Subí.

Los escalones crujían con un cansancio que no parecía del edificio, sino del propio acto de subirlos.
Metros antes de la mitad, sentí claramente una presencia detrás de mí.
No un sonido.
No un roce.
Una presencia.
La certeza animal de que alguien estaba subiendo a mi mismo ritmo, pisando exactamente donde yo acababa de pisar.

Giré.
Nada.
Pero el frío repentino en la espalda… ese sí se quedó.
El aire parecía haber sido apartado por algo que acababa de moverse deprisa.

Arriba, el pasillo no encajaba con la planta baja.
Era más estrecho donde tenía que ser ancho.
Más ancho donde tenía que estrecharse.
Como si no lo hubiera construido una persona, sino una intención.

A la izquierda, las luces tardaban un segundo en encenderse.
Ese segundo era extraño, denso, como si alguien apagara la luz a propósito y luego la cediera de mala gana.

A la derecha, un pasillo demasiado grande para un hostal tan pequeño.
Puertas cerradas, todas idénticas, todas mudas.
Un silencio tan metálico que parecía escucharlo rebotar.

Y justo enfrente, unas escaleras que subían a un piso que no figuraba en ningún plano.
No quise mirarlas mucho tiempo, pero desde arriba noté claramente que alguien me estaba mirando a mí.

Mi habitación estaba al final del pasillo izquierdo.
El número no estaba escrito: estaba arañado.
Como si alguien hubiese intentado borrarlo muchas veces y luego fingir que seguía ahí.

La llave giró demasiado fácil.
La puerta no se abrió para que yo entrara.
Se abrió para que algo me viera entrar.

La habitación tenía tres camas.
Dos en la pared derecha, perfectamente estiradas, tensas como si jamás nadie hubiese dormido en ellas.
Y la tercera enfrente, hundida en el centro.
Un hundimiento reciente, tibio, como si alguien hubiera estado sentado allí hasta el instante antes de que yo pusiera la mano en el pomo.

El armario empotrado tenía dos puertas que no encajaban bien.
Al pasar junto a él, una de ellas se abrió un centímetro.
Muy despacio.
Sin corriente.
Sin explicación.

La mesa pequeña reaccionó a mi mochila con un temblor breve.
No vibración.
Temblor.
Como si fuera un músculo, no un mueble.

El baño tenía una luz de emergencia naranja.
Iluminaba el espejo con un tono de piel enferma.
Mi reflejo llegaba tarde.
Solo un instante.
Pero suficiente para notar que ese reflejo no imitaba exactamente lo que yo hacía.

El olor a humedad allí dentro no venía de las tuberías.
Era un olor más cercano a algo que acaba de moverse y aún está mojado.

Regresé a la habitación.

Fue entonces cuando escuché el primer crujido.
Suave, medido.
La cama hundida había cedido un poco más.
Un movimiento casi imperceptible, como si algo bajo la colcha se hubiera acomodado.

Miré el ventanal.
La calle debería verse, pero no había calle.
Solo oscuridad adherida al cristal, intentando formar una figura que no llegaba a completarse.

El armario se abrió otro centímetro.
Esta vez más lento.
Con la calma de algo que no necesita esconderse.

Las escaleras del pasillo —no las de recepción, las otras— hicieron ruido.
Un paso.
Otro.
Avanzando hasta la esquina donde empezaba mi pasillo.
Deteniéndose justo allí.

No respiré.
La habitación sí.

Las dos camas de la pared estaban quietas.
Perfectas.
Muertas.

La cama hundida respiraba.
Era un movimiento sutil, ondulante, como si algo estuviera decidiendo si quería levantarse o esperar a que yo durmiera primero.

Miré al ventanal otra vez.
Ya no se veía la calle.
Se veía la habitación.
Pero no estaba yo.

Solo las tres camas…
y una silueta inmóvil entre la segunda cama y el armario.
Un contorno oscuro, sin rasgos, sin altura definida, como si aún no hubiera decidido qué forma adoptar.

Parpadeé.
La imagen volvió a ser normal.
O lo que esa habitación consideraba normal.

Los pasos en las escaleras se alejaron, subiendo de nuevo hacia el piso prohibido.
El armario emitió un clac torpe, como si algo dentro hubiera empujado hacia fuera o hacia dentro.
No sé qué era peor.

La cama de enfrente se hundió un poco más.
Milímetros que parecían horas.

Me quedé de pie, sin saber si retroceder o acercarme.
La habitación parecía calcular mi respiración.
Mi pulso.
Mi miedo.

Tres camas.
Tres noches.
Pero la sensación era otra.
Como si la habitación esperara…
no a mí, sino a alguien más.
Como si supiera que estoy ocupando un lugar que no me corresponde.
Como si llevara demasiado tiempo incompleta.

Y aunque intento convencerme de lo contrario, hay algo que no puedo ignorar:

la habitación no estaba vacía antes de que yo llegara.
Solo estaba esperando que alguien se atreviera a entrar…
para volver a contar cuántos somos.

Símbolo circular blanco con un trazo vertical central sobre fondo negro texturizado, representando la inquietante presencia que mueve la silla en el micro-relato La Silla Girada.

La silla girada

No le tengo miedo a la oscuridad.
Le tengo miedo a lo que se mueve dentro de ella.

Cada noche dejo la silla mirando hacia la ventana.
Cada mañana la encuentro girada hacia la puerta.

Hoy he madrugado para comprobarlo.
He esperado a que algo la girase.

Pero cuando ha sonado el primer crujido de madera,
la silla ya estaba mirando hacia mí.

Caja de regalo abierta dibujada con trazos blancos sobre fondo negro, estilo minimalista de Umbral Cero

El regalo que no elegí

La mañana del 6 siempre me ha parecido extraña.
Como si la casa despertara antes que yo.

Hoy, al entrar al salón, vi un paquete pequeño en el suelo.
No estaba anoche.
No estaba cuando me acosté.
Pero tampoco tenía nombre, ni lazos, ni papel de colores.
Solo una caja gris, cerrada con una cinta casi transparente.

No quise abrirla.
No tenía por qué.
Pero algo en el silencio de la habitación parecía… esperar.

Al final tiré de la cinta.
La caja se abrió sola.

Dentro no había nada.
Ni un papel.
Ni un objeto.
Solo un hueco exacto, como si algo hubiera estado allí hasta unos segundos antes.

Y en el fondo, escrito con una letra que reconocí de inmediato, una frase breve:

“No era para ti.”

Dibujo minimalista de un calcetín navideño colgado sobre fondo negro, ilustración estilo Umbral Cero.

El que sigue colgando — Descenso Nº2

El calcetín apareció la primera vez cuando tenía seis años.
Rojo, gastado, con mi nombre bordado torcido en hilo blanco.
Mi madre decía que lo había hecho ella cuando yo era pequeño, pero nunca la creí del todo. Tenía algo… ajeno. Como si no hubiera sido bordado, sino impuesto.

Durante años formó parte de la tradición navideña de la casa: colgarlo la noche del 24, esperar que apareciera lleno la mañana del 25, fingir sorpresa.
De niño lo celebraba.
De adolescente me harté.
Y a los veintitantos, lo guardé en una caja y nunca más quise verlo.

O eso pensaba.

El 23 de diciembre de este año, al llegar a casa después del trabajo, lo encontré colgado en el pomo de mi dormitorio.

El mismo.
El original.
Rojo apagado.
Bordado torcido.
Mi nombre.

Me quedé quieto en el pasillo, con el abrigo aún puesto, incapaz de respirar por unos segundos.
Nadie tenía copia de mis llaves.
Nadie había entrado.
Y, sobre todo…
yo no tenía ese calcetín desde hacía más de diez años.

Lo arranqué del pomo con un tirón brusco. La tela estaba fría, tensa, como si hubiera estado colgada a la intemperie. Lo lancé a la basura del baño sin pensarlo.

Esa noche dormí con la puerta del dormitorio cerrada por dentro.

El 24 por la mañana lo encontré colgado otra vez.
En la misma puerta.
Exactamente a la misma altura.

No soy una persona asustadiza, pero me temblaron las manos. Sentí una especie de vergüenza infantil, como si estuviera reviviendo un miedo que creía superado. Agarré el calcetín y esta vez lo rompí. Lo rasgué con fuerza, dejando dos pedazos irregulares como alas podridas.

Los tiré por separado: uno a la basura de la cocina, otro a la bolsa del supermercado que saqué al contenedor del edificio.

Apreté bien las bolsas.
Lavé mis manos como si fuera a operar a alguien.

Me repetí que todo tenía una explicación.
Cansancio.
Falso recuerdo.
Coincidencia imposible.
Algo así. Pero al caer la noche, ya sabía la verdad:
no había explicación buena.

A las dos de la madrugada me despertó un ruido suave.
Un golpe hueco.
No en la puerta.
No en el pasillo.

Dentro de mi habitación.

Me incorporé lentamente. El móvil en la mesilla marcaba las 2:07. Apagué la pantalla, dejé que la oscuridad se asentara.

Algo se movió.
Un balanceo leve.
Un roce de tela.

Encendí la lámpara con un manotazo.

El calcetín estaba colgado del lateral de mi escritorio.

Entero.
Sin rasgaduras.
Como si jamás lo hubiera roto.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era que estaba lleno.

La tela pesaba, abultada, deformada por algo que no debía estar ahí. La boca del calcetín se abría apenas, dejando ver un interior oscuro que parecía… respirar. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero rítmico.

—No… —susurré sin querer.

Me acerqué con la mano extendida, dudando entre tocarlo o volver a encender todas las luces de la casa. Algo dentro se agitó, como si respondiera a mi presencia.

Y entonces lo escuché.
Una voz infantil, ahogada, como si viniera desde un sueño muy profundo:

—Te dije que no me dejaras fuera…

Di un paso atrás. Me golpeé con la cama. El corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho.

—No eres real —logré decir.

El calcetín se quedó quieto.
Luego habló de nuevo, más nítido:

—No esta vez.

Recordé algo entonces.
Un recuerdo tan enterrado que me dolió desenterrarlo.

Un año —no sé si tenía cinco o seis— mis padres discutieron toda la noche del 24. Yo me escondí en mi habitación y colgué mi calcetín esperando que Papá Noel arreglara lo que fuera que se estaba rompiendo.

Por la mañana, el calcetín estaba lleno…
pero no de caramelos.

Recuerdo el olor metálico.
El peso pegajoso.
Las manchas marrones en la tela.

Mis padres nunca hablaron de aquello.
Yo tampoco.
Supuse que lo había soñado.
Los niños creen cosas extrañas cuando tienen miedo.

Hasta ahora.

Apreté los dientes y me acerqué.
Tenía que hacerlo.
Tenía que ver qué había dentro.

Tomé el calcetín con ambas manos. Pesaba más de lo que debería. Sentí un latido interno, lento, profundo, como si algo se aferrara al fondo.

Lo abrí.

Primero vi oscuridad.
Luego, algo más.

Un ojo.
Humano.
Pequeño.
Mirándome desde dentro como si llevara años esperándome.

Retrocedí con un grito seco. El calcetín cayó al suelo. El ojo parpadeó, húmedo, brillante. Y una voz —la misma voz infantil— habló desde el interior:

—No debiste romperme.
—¿Qué eres…? —susurré.

La respuesta llegó como un susurro antiguo, de una memoria que nunca quise tener:

—Soy lo que dejaste colgado…
y lo que nunca volviste a mirar.

El calcetín se abrió un poco más.
Algo más asomó.
Una mano diminuta.
Del tamaño de la mía cuando era niño. —Déjame entrar otra vez —pidió la voz, ahora más cerca, más adulta, más parecida a mí—. Déjame volver contigo.

El calcetín se arrastró hacia mis pies, moviéndose como un animal herido. Yo intenté retroceder pero mis piernas no respondían.

—Volveré cada Navidad —prometió la voz—. Aunque me rompas. Aunque me tires. Aunque no quieras recordarme.
—¿Por qué…?
—Porque sigo aquí —susurró—.
Sigo colgando.

La lámpara parpadeó.
El cuarto se llenó de oscuridad.

Cuando la luz volvió, el calcetín ya no estaba.

Pero algo más sí.
Una mancha roja, húmeda, justo en el pomo de mi puerta. Como si alguien acabara de colgar algo allí.
Algo que ya no necesita tela para anunciarse.

Desde entonces espero que llegue la noche del 24.
Porque sé que no vendrá con regalos.
Y porque sé que lo que colgué aquel año no era un calcetín.

Era una parte de mí.

La que nunca aprendió a dejar de tener miedo.

Dibujo minimalista de un calcetín navideño colgado sobre fondo negro, ilustración estilo Umbral Cero.

El que sigue colgando

Todas las noches, desde que era pequeño, dejaba un calcetín en la puerta para que Papá Noel lo encontrara.
Dejé de hacerlo cuando crecí, pero este año, alguien volvió a colgarlo.
El calcetín es el mismo: rojo, gastado, con mi nombre bordado a mano. Nadie más lo tiene.

Lo arranqué, lo tiré a la basura y eché el pestillo.
A las tres de la madrugada, un golpe suave me despertó.
No un golpe en la puerta.
Un golpe dentro de la habitación.

Encendí la luz.
El calcetín estaba otra vez colgado.
Lleno.
Moviéndose.
Como si algo dentro respirara muy despacio.

No me acerqué.
Solo escuché una voz infantil, ahogada y lejana, susurrar desde dentro del tejido:

—No te olvides de mí… esta Navidad.

Punto blanco suspendido en oscuridad absoluta, símbolo del relato de terror psicológico “Lo que no parpadea”

Lo que no parpadea — Descenso Nº1

Descenso Nº1 — Profundidades del Umbral

Cuando apago la luz, todo desaparece menos una cosa:
ese punto blanco que queda flotando en la oscuridad.
No es un reflejo, ni una pantalla, ni el led de nada.
A veces lo veo moverse.
A veces lo veo acercarse.
A veces lo veo más cerca de lo que recordaba.

Hoy, cuando he encendido la luz, no había nada.
Pero el punto seguía ahí.
En mi retina.
Mirándome desde dentro.

Lo que no cuento cuando lo digo en voz alta es que empezó hace semanas. Quizá meses. Cuesta saber cuándo algo se vuelve inquietante; al principio solo es raro, luego molesto, luego imposible de ignorar. Muy al final es cuando decides pronunciarlo: “Me pasa algo”.

Al principio pensé que era una de esas moscas volantes, pequeños cuerpos extraños que flotan en el humor vítreo y que se cruzan de vez en cuando por el campo visual.
Un hilito oscuro, una manchita gris. Nada importante. Nada que merezca más que un parpadeo algo más fuerte de lo normal.

Pero esto no era eso.
Porque esto era blanco.
Brillante. Nítido.

Y, sobre todo, no se iba cuando parpadeaba.

La primera noche que lo vi estaba tumbado en la cama, el móvil en la mano, deslizando sin ganas por la pantalla. Mis ojos ardían un poco. Demasiada luz, demasiado vídeo, demasiado ruido compacto. Apagué el móvil, lo dejé en la mesilla boca abajo y estiré la mano para apagar la lámpara.

La oscuridad cayó de golpe, limpia.
Y ahí estaba.

Un punto.
Una puntada blanca en mitad del vacío.

Era tan pequeño que pensé que mi cerebro estaba completando una imagen que ya no existía, un eco de la pantalla del móvil. Pero pasaron los segundos, los párpados se cerraron y abrieron una y otra vez, y el punto seguía.

Suspendido.
Fijo.

—Tendré que dormir más —murmuré, como si decirlo en voz alta le restara importancia.

No fue hasta la tercera noche cuando se movió.

Trabajaba frente al ordenador, con la habitación casi a oscuras salvo por el rectángulo de luz azulada. El cansancio me pesaba sobre la nuca y, cuando por fin lo apagué todo, el descanso fue casi físico: silencio, oscuridad, la silla crujió bajo mi peso cuando me dejé caer hacia atrás.

Parpadeé despacio.
Ahí estaba.

No en el centro, esta vez. Un poco a la izquierda, como si se hubiera cansado del medio. Pensé que era sugestión. Moví el ojo, busqué desplazarlo como se desplazan las moscas volantes cuando las sigues con la mirada.
Pero el punto no se desplazaba con el movimiento.

Se adelantaba.

Eso fue lo que me inquietó: la sensación de profundidad. No estaba “pegado” a la retina, no flotaba a la misma distancia que todo lo demás. Daba la impresión de venir hacia mí desde muy lejos, como un faro lejano en mitad de una noche sin luna. Cada vez que intentaba fijarlo, parecía avanzar un milímetro.

Aquella noche dormí con la lámpara encendida.

Cuando lo comenté por primera vez fue con un chiste preparado, como se confiesa un miedo infantil en una reunión de adultos.

—Me pasa una cosa muy rara —le dije a Sara, durante el descanso en el trabajo, con el café demasiado caliente entre las manos—. Por las noches veo un puntito blanco cuando apago la luz. Una lucecita. Igual me he comprado un fantasma led.

Ella se rio, hizo un comentario sobre lo poco que salgo de casa y lo mucho que miro la pantalla. Lo suyo era una mezcla de cariño y reproche profesional: enfermera diez horas al día, sermones bienintencionados gratis.

—Es normal que veas cosas raras si estás todo el rato con pantallas. Pero si te preocupa, ve al oftalmólogo. Mejor eso que esperar a que explote algo.

La manera en que lo dijo —“explote algo”— me dejó un regusto extraño. No en los oídos, en los ojos. Como si la frase hubiera ido directa allí.

Esa noche no necesité apagar la luz para verlo.

Estaba sentado en el sofá, el televisor apagado, el salón en penumbra. Las cortinas dejaban entrar una luz débil de la farola de la calle. Y, justo en el centro del televisor negro, vi el punto.
Blanco. Perfecto.
Reflejándose en la superficie, como si fuera un píxel encendido en una pantalla apagada.

Me incliné hacia delante, el corazón desacompasado.
No había nada detrás de mí que pudiera reflejarse.

Volví la cabeza hacia la ventana, hacia la mesilla, hacia la puerta. Nada. Ningún foco de luz. Cuando regresé la mirada al televisor, el punto seguía allí.

Solo que ya no estaba en la pantalla.

Estaba ligeramente por delante.

Fui al oftalmólogo al día siguiente. No por miedo, me repetí, sino por controlar la situación. Es lo que haces cuando has aprendido a sobrevivir: administrar el pánico en dosis más o menos soportables.

La consulta olía a desinfectante y a gotas, esa mezcla ácida que se te mete en la nariz. Me senté, respondí preguntas, exageré un poco lo del ordenador para que sonara todo más médico, menos… inexplicable.

—A veces veo un punto blanco —dije al final—. Sobre todo cuando apago la luz. Pero últimamente también con luz. No parpadea ni se va cuando cierro los ojos.

El oftalmólogo, un hombre de barba gris y mirada cansada, asentía como si ya se lo esperara. Me sentó frente a la lámpara de hendidura, me pidió que pegara la barbilla y la frente.

—Mira hacia arriba. Ahora abajo. A la derecha. A la izquierda. Parpadea.

Obedecí en silencio. Sentía el haz de luz entrarme en el ojo, explorando un territorio que creía propio. Quise preguntar si veía algo raro, pero me contuve. Siempre he tenido miedo de las respuestas honestas.

En un momento dado, el médico se quedó quieto. La luz seguía encendida, clavada. Noté cómo contenía la respiración.

—¿Pasa algo? —pregunté.

Tardó unos segundos en alejarse. Cuando lo hizo, forzó una sonrisa profesional.

—No hay nada grave —dijo—. La retina está bien, no veo desgarros, ni desprendimientos. Puede ser estrés visual, fotopsias… A veces el ojo genera destellos que el cerebro interpreta como puntos o luces.

—Pero esto no parpadea ni se va.

Encogió los hombros.

—La percepción no siempre se ajusta a la anatomía. Vigílalo. Si notas algo más, vuelve.

Me dio un papel con recomendaciones y unas gotas lubricantes. Salí a la calle con la pupila dilatada, el mundo deformado en halos y reflejos. Caminé despacio, las gafas de sol puestas, intentando no pensar en la pausa que había hecho antes de responder.

La realidad se disolvía en círculos de luz.
Pero el punto seguía siendo nítido.

Blanco.
Exacto.
En el mismo sitio.

Dentro.

Los días siguientes aprendí algo nuevo: podía cerrar los ojos y seguir viéndolo. No como una mancha, no como un residuo de luz, sino como una presencia fija. Un ojo dentro del ojo.

Si presionaba suavemente el párpado, el resto de la visión se llenaba de destellos y formas cambiantes. El punto, en cambio, no se movía ni un milímetro.

A veces, cuando estaba tumbado boca arriba, tenía la sensación de que el punto… respiraba. No por un movimiento claro, sino por un leve pulso, sincronizado al principio con mi corazón y luego… no.

Una noche, mientras me obligaba a no encender la luz, se me ocurrió algo.

“Si está en mi retina”, pensé, “solo yo puedo verlo”.

Abrí los ojos en la oscuridad, fijé la vista en el techo invisible y dejé que la presencia blanca flotara allí.

—Si puedes oírme —susurré, sintiéndome idiota—, haz algo.

El punto no se movió.
No hizo nada.

Hasta que parpadeé.

Fue un parpadeo normal, automático. Los ojos se cerraron una fracción de segundo, el mundo desapareció detrás del negro de los párpados y, en ese ínfimo instante, el punto se duplicó.

Cuando abrí los ojos de nuevo, había dos.
Uno junto al otro.
Casi pegados.

La respiración se me cortó. Un temblor pequeño, casi ridículo, me subió por los brazos. Durante unos segundos no fui capaz de moverme. Ni de apartar la mirada.

Luego volví a parpadear. Muy despacio. Al abrir los ojos, solo quedaba uno.

Desde entonces empecé a verlo en superficies oscuras: el monitor apagado, el cristal de la ventana de noche, la pantalla negra del móvil antes de encenderse.

Era una paradoja: solo estaba dentro de mi ojo, pero aparecía exactamente donde yo miraba. Como si la realidad se hubiera rendido y aceptara que, allí donde posase la vista, ese punto tenía preferencia.

Un sábado, ya agotado de darle vueltas, decidí hacer una prueba. Coloqué una silla frente al espejo del baño y apagué la luz del pasillo. Solo dejé encendida la del móvil, apoyado boca abajo, para tener una rendija mínima.

Me senté, respiré hondo y apagué también esa luz.

Oscuridad total.

Esperé a que la vista se adaptara, aunque sabía que no vería nada. Y entonces, como siempre, apareció el punto: blanco, nítido, suspendido en lo que yo sabía que era la oscuridad donde debería estar mi reflejo.

—Vale —susurré—. Vamos a verlo.

Alargué la mano a tientas, encontré el interruptor y encendí la luz del baño.

El espejo me devolvió mi cara pálida, los ojos enrojecidos, la barbilla tensa. Todo en su sitio. Me acerqué un poco más, tanto que mi aliento empañó el cristal.

Busqué el punto dentro de la pupila. Nada. Ninguna mancha blanca. Solo el reflejo de la bombilla.

Y entonces lo vi.

No estaba en mi ojo directo.
No estaba en el espejo como una mancha sobre mí.

Estaba… entre ambos.

Como si alguien hubiera dibujado un punto blanco en el aire, justo delante del espejo, pegado al cristal pero a la vez separado. Cuando moví la cabeza a un lado, el punto no se desplazó con mi reflejo: se quedó en el centro.

Lo probé de nuevo, moviéndome hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Mi rostro se deslizaba en el espejo, pero el punto seguía allí, fijo, ajeno a mí.

Solo que ahora sí estaba parpadeando.

No como una luz que se enciende y se apaga, sino como un ojo que se abre y se cierra hacia dentro.

Sentí un pinchazo detrás de la frente. Un mareo rápido, como si alguien hubiera tirado de algo dentro de mi cráneo. Me eché hacia atrás, tropecé con la silla y casi caigo.

Cuando me reincorporé, la luz seguía encendida.
El espejo seguía allí.
Yo seguía allí.

Y el punto también.

Solo que ya no era un punto. Era una diminuta pupila.

Desde entonces empecé a dormir menos. No por insomnio, sino por miedo. Descubrí que había una delgada línea entre mirar hacia un lado para evitar ver algo y no poder mirar a ningún sitio sin verlo.

En la pantalla del portátil, cuando se ponía en negro antes de apagarse, el punto se intuía. En el cristal del microondas, apagado, en el hueco de la televisión, en las ventanas de los coches por la noche.

Yo sabía que solo estaba en mi cabeza.
Pero también sabía que lo que está en tu cabeza puede acabar siendo más real que lo que tocas.

Una madrugada, completamente despierto en la cama, me di cuenta de que el punto se había hecho ligeramente más grande. No mucho, apenas un detalle. Pero lo suficiente como para notar que ya no era solo un punto: era un diminuto círculo completo, con un borde muy leve.

Como si hubiera un iris gris alrededor de la pupila.

Cerré los ojos.

Lo vi igual.
Perfectamente centrado en la oscuridad de mis párpados.

—Basta —susurré, sin voz—. Basta.

No sé cuánto tiempo pasé así, inmóvil, apretando los párpados con fuerza, conteniendo la respiración hasta que el pecho me ardió. Cuando por fin los abrí, había dado por hecho que el punto seguiría allí.

Y sí.
Ahí estaba.

Más cerca.

Dejé de ir al trabajo. Al principio inventé excusas: un virus, fiebre, mareos. No estaba tan lejos de la realidad. Podía cruzar la habitación sin reconocer mis propios muebles; todo se había convertido en un decorado borroso alrededor de ese pequeño núcleo blanco.

Sara vino a verme al tercer día. Llamó al timbre varias veces antes de que reaccionara. Me encontró en el sofá, con las persianas bajadas y una manta encima aunque no hiciera frío.

—Tienes mala cara —dijo, entrando sin pedir permiso—. ¿Te has medido la tensión?

No supe qué responder. No podía decirle que el problema no estaba en la tensión, sino en lo que se había tensado dentro de mis ojos.

—No duermo bien —fue todo lo que dije.

Ella se sentó a mi lado y me miró con atención. Sentí su escrutinio, pero no conseguí sostenerle la mirada. No porque me diera vergüenza, sino porque si la miraba demasiado tiempo, veía el punto sobre su cara, justo entre sus ojos.

—Voy a abrir un poco la persiana, aquí parece una cueva.

—No —dije demasiado rápido.

Se detuvo, la mano en la cinta.

—Vale… —me miró de nuevo, más seria—. ¿Has vuelto al médico?

Negué con la cabeza.

—No sirve de nada. Dicen que todo está bien.

Ella suspiró y se recostó en el respaldo.

—A veces lo “bien” está aquí —se señaló la sien— y lo “mal” también.

Me dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Si hubiera sido solo un problema mental, quizá habría tenido remedio. Pero lo que brillaba ahora, en ese momento, estaba justo al lado de su cara, ligeramente descentrado.

No me estaba mirando a mí.

Estaba mirándola a ella.

Esa noche lo decidí. No podía seguir así. Si algo iba a romperse, prefería ser yo quien lo hiciera.

Volví al baño, cerré la puerta, apagué la luz del pasillo. Esta vez no me senté. Me planté frente al espejo con las manos apoyadas en el lavabo, como se hace si esperas malas noticias.

Apagué la luz.

La oscuridad me abrazó de golpe.
El punto apareció, por supuesto. No en el centro, sino un poco más arriba, como si supiera exactamente dónde colocar su presencia para no dejarme respirar.

—Mírame —dije, sin reconocer mi propia voz.

El punto no se movió.
Yo sí.

Encendí la luz.

El reflejo del baño me devolvió una escena que no reconocí del todo: ojeras negras, piel pálida, los ojos muy abiertos. Entre ellos, ligeramente por encima de mi ceño, sobre el cristal… la pupila.

Pequeña.
Firme.
Ajena.

No formaba parte de mi cara.
No estaba sobre mi frente.

Estaba en el espejo.

En el otro lado.

Me acerqué hasta casi tocar el cristal con la punta de la nariz. Podía ver las minúsculas imperfecciones del vidrio, el vaho que se formaba con cada exhalación. La pupila, sin embargo, permanecía limpia, nítida.

Y entonces, por primera vez, se movió independientemente de mí.

Descendió unos milímetros, se inclinó hacia un lado, como si estuviera girando en una órbita invisible, y se detuvo justo frente a uno de mis ojos. No sobre él, no en la posición exacta de mi pupila reflejada. Un poquito más adentro.

Mi reflejo no parpadeó.
Yo sí.

Fue un gesto mínimo, automático. Cerré el ojo un instante, y en ese instante algo se deslizó por detrás del párpado.

No puedo explicarlo de otra forma. No fue dolor, no fue un cuerpo sólido. Fue como si una mirada ajena se hubiera precipitado dentro de la mía, cruzando el cristal y atravesando la córnea sin resistencia. Una corriente fría, directa, inmediata.

Me eché hacia atrás, grité sin sonido, las manos me temblaron tanto que golpeé el borde del lavabo. El espejo vibró.

Cuando por fin fui capaz de volver a mirarlo, ya no había punto alguno en el cristal.
Ni pupila extra.
Ni nada.

Solo yo.

Solo mis ojos.

Pero lo supe al instante. Supe que ya no estaba fuera.

Lo sentí al intentar enfocar cualquier cosa: la toalla colgada, el bote de jabón, la esquina del techo.

Todo estaba ligeramente desenfocado.
Todo salvo una cosa.

Una imagen nueva, fija, perfecta, clavada en el centro de mi visión.

No era un punto.
No era una mancha de luz.

Era otro baño.
Otro lavabo.
Otra figura, de espaldas.

Y, en el espejo de ese otro baño, alguien me estaba mirando.

No podía ver su cara con claridad, pero sentía su mirada. Una presión lenta, insistente, proveniente de ese espacio que ahora habitaba dentro de mi ojo.

Parpadeé.
La imagen no se fue.

Lo comprendí entonces: no estaba viendo un recuerdo, ni una alucinación. Estaba viendo lo que veía el ojo que ahora vivía dentro del mío.

El punto que no parpadeaba no era una luz.
Era una rendija.
Un agujero.

Un ojo que se había pasado meses observando mi mundo desde fuera, esperando que yo le devolviera la cortesía.

Ahora la tenía.
Ahora yo era el marco de su ventana.

Y, desde el otro lado, alguien sonrió.
No lo vi, pero lo sentí.

Hoy, cuando apago la luz, todo desaparece menos dos cosas:
lo que tengo delante…
y lo que él está viendo desde dentro.

Ya no soy el único que mira.
Y ninguno de los dos parpadea.

Punto de luz blanca flotando en la oscuridad, imagen atmosférica del micro-relato Lo Que No Parpadea en Umbral Cero.

Lo que no parpadea

Cuando apago la luz, todo desaparece menos una cosa:
ese punto blanco que queda flotando en la oscuridad.
No es un reflejo, ni una pantalla, ni el led de nada.
A veces lo veo moverse.
A veces lo veo acercarse.
A veces lo veo más cerca de lo que recordaba.

Hoy, cuando he encendido la luz, no había nada.
Pero el punto seguía ahí.
En mi retina.
Mirándome desde dentro.