La noche de Reyes nunca me dio miedo.
Lo que siempre me inquietó fue lo que dejaba atrás.
El 7 de enero la casa amanece distinta:
demasiado quieta,
demasiado consciente,
como si algo hubiera pasado por aquí mientras dormíamos.
Hoy encontré mis zapatos movidos unos centímetros hacia adelante.
No era un regalo.
No era una señal alegre.
Solo un gesto leve, preciso, como si alguien hubiera comprobado si seguían encajando donde los dejaba de niño.
Dentro del izquierdo había un poco de arena oscura.
Tibia.
No se llevó nada.
No dejó nada.
Solo la arena.
Como si quisiera recordarme que anoche sí estuvo aquí.
Aunque yo ya no pidiera nada.


