Zapato dibujado con trazos blancos sobre fondo negro junto a un pequeño montón de arena, estilo minimalista Umbral Cero

La noche que no trajo nada

La noche de Reyes nunca me dio miedo.
Lo que siempre me inquietó fue lo que dejaba atrás.

El 7 de enero la casa amanece distinta:
demasiado quieta,
demasiado consciente,
como si algo hubiera pasado por aquí mientras dormíamos.

Hoy encontré mis zapatos movidos unos centímetros hacia adelante.
No era un regalo.
No era una señal alegre.
Solo un gesto leve, preciso, como si alguien hubiera comprobado si seguían encajando donde los dejaba de niño.

Dentro del izquierdo había un poco de arena oscura.
Tibia.

No se llevó nada.
No dejó nada.
Solo la arena.
Como si quisiera recordarme que anoche sí estuvo aquí.

Aunque yo ya no pidiera nada.

Ilustración minimalista de la silueta de un niño dibujado con líneas blancas sobre fondo negro, estilo Umbral Cero.

Los inocentes

De niño siempre me dijeron que el 28 de diciembre era “el día de los inocentes”.
Que antes se recordaba a los niños que no tuvieron oportunidad.
Que era una tradición antigua, casi olvidada.

Esta madrugada he entendido por qué.

A las 3:14 he escuchado pasos pequeños en el pasillo.
No los de un adulto.
No los de alguien vivo.
Pasos cortos, suaves, desnudos, como los de un niño que no quiere despertar a nadie.

Pensé que era un sueño.
Hasta que llamaron a mi puerta.

Golpes diminutos.
Rítmicos.
Pacientes.

Me levanté con el corazón latiendo donde no debería.
Miré por la mirilla…
y no vi a nadie.

Pero cuando bajé la vista, vi algo apoyado en el suelo:

Un papel.
De un cuaderno infantil.
Con una frase escrita con letras torpes:

“Hoy nos toca volver.
No te escondas.”

Dos líneas blancas trazadas a mano sobre fondo negro texturizado, formando un símbolo que evoca la puerta entreabierta de un armario en el micro-relato El Armario No Olvida.

El armario no olvida

Mi madre nunca quiso que durmiera con la puerta del armario abierta.
Decía que así las cosas del pasado no salían.

De adulto me reí de aquella tontería y dejé de cerrarlo.

Pero anoche oí algo moverse dentro.
Algo pequeño.
Algo que caminaba arrastrando los pies.

Al abrir la puerta,
no había nada.

Solo un leve olor que reconocí al instante:
la colonia que llevaba cuando tenía cinco años
y me escondía ahí para llorar.