El que sigue colgando

Todas las noches, desde que era pequeño, dejaba un calcetín en la puerta para que Papá Noel lo encontrara.
Dejé de hacerlo cuando crecí, pero este año, alguien volvió a colgarlo.
El calcetín es el mismo: rojo, gastado, con mi nombre bordado a mano. Nadie más lo tiene.

Lo arranqué, lo tiré a la basura y eché el pestillo.
A las tres de la madrugada, un golpe suave me despertó.
No un golpe en la puerta.
Un golpe dentro de la habitación.

Encendí la luz.
El calcetín estaba otra vez colgado.
Lleno.
Moviéndose.
Como si algo dentro respirara muy despacio.

No me acerqué.
Solo escuché una voz infantil, ahogada y lejana, susurrar desde dentro del tejido:

—No te olvides de mí… esta Navidad.

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